Cuando recibimos el sacramento del bautismo, comenzamos a ser hijos de Dios. Sencillamente, comenzamos a pertenecer a la familia de Dios y eso nos da la posibilidad de entablar con Él una relación íntima y vital. Humanamente, pertenecer a una familia, ser parientes, nos da cercanía originaria. Quizá no desarrollemos esa amistad, pero la providencia nos ha dado un primer impulso, una primera posibilidad. Acaso también, aquellos que no hayan nacido en la misma familia puedan descubrir su grandeza. Todo comienza con un cruzarse por la calle, encontrar una cara amable, recibir u ofrecer un favor o una ayuda.
La amistad con Dios es una relación de cercanía y de amistad que se alimenta con la oración profunda, diaria, constante. Una oración que crece avanza y se profundiza. Con ella se superan múltiples dificultades y encontramos la fuerza necesaria para seguir adelante. En Dios encontramos descanso y fortaleza. Amigos de Dios. Igual que en lo humano, en lo divino. No somos amigos, ni nos consideramos tales, con quien no tenemos relación.
La debilidad de la presencia de Dios en nuestra sociedad va profundizando una extrañeza entre hermanos y conocidos. Solo en Él, la fraternidad y el reino de Dios, que nunca podrá ser un logro humano, encuentran el impulso necesario. Los frutos de nuestra vida, sin Dios, son escasos y débiles. El compromiso con la realidad no nace de nosotros sino de nuestra relación con Dios. Estando cerca de Él la bondad, el perdón, la misericordia, la generosidad se convierten en la atmósfera vital de nuestras vidas.