Remedios Zafra, que es una investigadora del CSIC y profesora universitaria, ha publicado recientemente un ensayo titulado El informe. Trabajo intelectual y tristeza burocrática. En este ensayo la autora reflexiona sobre el significado que tiene hoy el trabajo para el hombre contemporáneo y cómo algunas circunstancias, especialmente la omnipresente burocracia, en determinados trabajos intelectuales está llevando a muchos a odiar lo que antes amaban o a maldecir incluso su propia vocación. En un artículo que publicaba en El País hace unos días en relación al tema de su libro escribía: «Para la vida los trabajos que hacemos importan, ese poder hacer bien importa, sea una estantería, un guiso, una noticia contrastada, un diagnóstico preciso, una sentencia justa, una democracia saludable. Sin ese hacer bien, ¿cómo perturbaremos a las personas para recordarles que son personas? ¿Cómo lograremos cambiar pesimismo por crítica, resignación por lazos con otros? ¿Cómo descubriremos soluciones para las enfermedades y males que nos aquejan? ¿Cómo escribiremos los poemas, libros y obras capaces de romper la coraza de un espíritu endurecido por fuerzas deshumanizadoras que se normalizan? ¿Cómo educaremos con pasión?».
Quienes nos dedicamos a la educación y lo hemos hecho además por vocación pensamos que es algo importante y que esta dedicación puede dar sentido a una vida. Una vida entregada a enseñar no es una vida tirada a la basura, no es un tiempo malgastado. Hay trabajos que hacen felices a las personas que los realizan y enseñar da felicidad. Y sin embrago, conozco a excelentes profesores que cada mañana van tristes y agotados a sus colegios, Institutos y Facultades. Profesores que empiezan a pensar desde muy jóvenes en su jubilación. La burocracia está deshumanizando la educación y además, en los últimos tiempos, la tecnología está potenciando su poder despersonalizador. La posibilidad que hoy nos da la tecnología de generar documentos y de producir datos está llevando a insensatos, iluminados del poder del Office a convertir la educación en un actividad alejada de sus más genuinos y sagrados fines. La burocracia nos está convirtiendo en meros productores grises de algo que apenas si tiene valor. Y esto nos hace sentir que estamos perdiendo el tiempo, que nuestras vidas se están yendo por el desagüe haciendo tareas basura, evaluaciones que nada evalúan, informes que nada informan, documentos y cuestionarios que a nadie les interesan sus preguntas ni sus respuestas. Déjennos explicar matemáticas, filosofía, literatura, física, griego, es lo que nos gustó estudiar y lo que nos apasionó trasmitir y contagiar. Dejen de pretender convencernos de que toda esta maquinaria burocrática hace de nuestra actividad algo más objetivo y que nos protege ante las quejas y reclamaciones. Dejen de pretender hacer creer que pertenecemos a otras épocas, que somos comodones que no hemos querido hacer el esfuerzo de subirnos a la ola de las nuevas tecnologías, que nos resistimos caprichosamente a los cambios y al progreso. Dejen de querer hacer pensar que somos profesaurios llamados irremediablemente a la extinción. No quiero entrar en clase a la defensiva. No quiero ni me interesa saber qué pueda salir de evaluar la evaluación de la evaluación. Quiero «perder el tiempo» con mis colegas hablando de Homero, del centenario de la física cuántica, de los libros que les interesan o las películas que hemos visto. Más que un estado de control despersonalizado necesitamos un sistema de confianza hacia las personas. No quiero ir pidiendo papeles ni que me los pidan solo por desconfianza. No quiero más reuniones cuyo único objetivo es justificar que se hacen. Quiero que alumnos y padres y la administración puedan fiarse de sus profesores. Este es el estado que necesitamos y no un tiránico estado burocrático despersonalizado, deshumanizado que ve siempre en el otro y en su trabajo una oportunidad para la amenaza, las discordia y el enfrentamiento. La burocracia surgió como sistema para una gestión más eficiente de la administración, pero se ha convertido, como señalaron Hannah Arendt o Foucault y más recientemente Bauman, en un sistema de control deshumanizado y alienante sustentado sobre una obediencia ciega y acrítica.
Levantemos un muro contra la burocracia que asfixia el talento y la creatividad, la espontaneidad y la flexibilidad, la verdadera educación, contra la burocracia de los 'más papistas que el Papa', para que no nos quiten la alegría de una vocación que vale toda una vida.