Oliver Sacks, el afamado neurólogo que consiguió que su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, en el que se relataban algunos de sus casos clínicos, estuviese en las estanterías de prácticamente todas las librerías del mundo y que Robin Williams recreó en la película Despertares, guardaba siempre sobre la mesa de su despacho un bloque de wolframio (uno de los metales más densos y pesados que existen en la naturaleza) porque decía que «si dudas de la realidad, siempre puedes tirártelo encima del pie, y el tungsteno nunca miente». Algo parecido ocurre con Mal, el personaje de ficción de la película Origen, del director Christopher Nolan, que usaba una peonza como tótem, objeto elegido para poder distinguir la realidad de la irrealidad, saber cuándo estaba soñando y cuando en la vida real, porque si la peonza no dejaba de girar significaba que seguía en el sueño.
No resulta nada bueno no ser capaz de distinguir lo que es real de lo que no lo es o, lo que es lo mismo, no tener capacidad para poder saber con seguridad si lo que sabemos sobre la realidad es verdadero o falso. ¿Cómo estar seguros de que lo que pensamos o creemos saber sobre algo es verdad? ¿Cómo tener certeza de que las representaciones o interpretaciones que hay en nuestra mente sobre las cosas se corresponden con las cosas reales? Dudar de la capacidad de nuestro conocimiento, de nuestra facultad para discernir entre lo que es real o no, de lo verdadero o falso, está bien y es necesario si es en pequeñas dosis, porque la duda puede espolear nuestro conocimiento y hacerlo avanzar, puede, incluso, como ejercicio intelectual, resultar hasta estimulante. Pero incorporar el escepticismo a nuestras convicciones, asumirlo como principio sobre la posibilidades de nuestra razón y conocimiento o, incluso, como orientación existencial termina invadiéndolo todo de confusión y dislocando el juicio y tarde o temprano se requerirá que alguien deje caer sobre nuestros pies un buen lingote de wolframio.
Nuestra sociedad está instalada en el escepticismo y la confusión y hay quienes se aprovechan de esta falta de confianza en la verdad para acechar con el engaño y la manipulación. Escribió Descartes en 1641 en su libro Meditaciones metafísicas: «Supondré que cierto genio o espíritu maligno, no menos astuto y burlador que poderoso, ha puesto su industria toda en engañarme (…). Por lo cual con gran cuidado procuraré no dar crédito a ninguna falsedad y prepararé mi ingenio tan bien contra las astucias del gran burlador, que por muy poderoso y astuto que sea nunca podrá imponerme nada». La duda es la mejor puerta para el engaño cuando el ingenio no está fortalecido. No vivimos tiempos propicios para la verdad y quien amenaza la verdad también amenaza el ingenio para conseguir dejarnos indefensos ante el engaño, la mentira y el control. Resulta curioso, o no, que en estos tiempos de profundo escepticismo Brain rot haya sido elegida la Palabra del Año 2024 por Oxford University Press. La elección de este término como palabra del año, que se ha traducido al castellano como "mente podrida", debería ser una llamada de atención y serio motivo para la inquietud ante la constatación de la degradación o el deterioro de la capacidad mental de los individuos, cuyas mentes han sido asaltadas y colonizadas por el desorden y la confusión, convertidas en un revoltijo sin fuste, cubiertas por una neblina y letargo permanente a causa, entre otras razones, de la reducción de la capacidad de atención y el deterioro cognitivo que conlleva la adicción o uso descontrolado de las redes sociales.
Han existo a la largo de la historia de nuestra civilización momentos similares al actual en los que, como hoy, ha estado amenazada la verdad. Pero la extrema necesidad que tenemos de atenernos a la verdad y a la realidad ha llevado a las sociedades a defenderse siempre de la confusión y del engaño y han buscado sus antídotos. Mientras llegan hoy esos remedios, que llegarán, ya están llegando, necesitaremos refugios donde la niebla de la confusión se desvanezca, refugios como a los que se retiró Thoreau y del que nos habla en su libro Walden (donde por primera vez se usa el término brain rot) , lugares donde fortalecer el ingenio y la mente y no dejarla podrir.