Antonia Cortés

Desde mi ventana

Antonia Cortés


Otro 11M

13/03/2025

Marzo. Otra vez 11M. ¿Cuántos marzos han pasado ya desde aquel 2004? No falla la memoria, no fallan tampoco los recuerdos, las emociones, los sentimientos. El miedo. Porque en ese fatídico día hubo mucho miedo. MIEDO, con mayúsculas. El no saber, aterra; el saber, a veces, también. Las bombas, los muertos, la sangre, los trenes, las paradas, la incertidumbre, la impotencia, las mantas, la solidaridad. Un país que se derrumba. Que llora.
Madrid, el escenario, con sus trenes de cercanías de esos barrios que empezaban a despertarse con la llegada de una jornada más; con sus vagones llenos de estudiantes, de trabajadores. Hora punta. Sabían lo que hacían, lo que querían hacer.  Y lo consiguieron. Rompieron moldes. Nos situaron en los primeros puestos de la lista del terror. Matar. Y si hay que morir, se muere. Mochilas. Explosivos. Casi 200 personas perdieron la vida, y cerca de dos mil resultaron heridas. Y pudo ser peor. Jamás España había vivido un atentado terrorista de tales dimensiones.  No era ETA. Y empezamos a analizar, a querer saber más sobre el terrorismo yihadista. Semanas después del brutal atentado, en un piso de Leganés, los terroristas, tras ser descubiertos, se inmolaban. Por Alá, para alcanzar el paraíso, para seguir generando odio en este tantas veces absurdo mundo.
Y el dolor se mezcló con las mentiras, con el desconocimiento, con la utilización, con las derrotas, con los enfrentamientos. Faltaban solo unos días para las elecciones. La confusión y el caos trajo también un cambio de poder político al país: del PP al PSOE. Porque la gente castiga, porque la gente decide. Un enfrentamiento que igualmente se instaló entre las víctimas. Como si la pérdida y el desgarro de la ausencia no fuera el mismo. Donde hay política hay intereses.
Otro 11M. ¿Qué ha sido de las víctimas que sobrevivieron? ¿De quienes perdieron a sus hijos, maridos, esposas, padres, madres, amigos? El olvido es frágil; el recuerdo puntual. Pero queda el olor de ese 11M. Queda el sabor amargo. Quedan los gritos del momento. Queda la tristeza. Queda el misterioso e inolvidable silencio que se estableció en esa capital bulliciosa y alegre.
Silencio. Sí, un brutal silencio en la estación de Atocha el día después y el otro y el siguiente, donde sólo se escuchan los pasos de quienes suben y bajan de los trenes, donde la luz de las velas colocadas con cuidado entre mensajes de despedidas, fotos, peluches y cartas cortan la respiración. Una estación muerta como las propias víctimas. Todos morimos un poco aquel 11M, todos sentimos el dolor de tantas y tantas familias afectadas.
Los pasajeros diarios a Atocha sufrieron el contagio de ese silencio que también reinaba en las calles, en las oficinas, en los hogares. Incapaces de gesticular palabras, hubo hasta abrazos entre desconocidos tras cruzar sus miradas delante de cualquier portal, en las escaleras de un metro, en la parada del autobús.
No se olvidan las sensaciones, aunque algunos detalles puedan perderse en el camino. No se olvida lo vulnerables que somos, no se olvida el llanto callado de Madrid.