Antonio García-Cervigón

Buenos Días

Antonio García-Cervigón


El carnaval de hace tres siglos

04/03/2025

Y también se divertía el pueblo gracias al libro de José Deleito, que hace posible lo que anuncia su apellido con recuerdos de hace tres siglos. Más de trescientos años. Esta vez para recuerdo de cómo eran los carnavales de aquellos años cuando reinaba Felipe IV, eran ostentosos. En ese tiempo, el carácter bullicioso de los españoles, la desgana de trabajar y la de emoción mal entendida -nunca más extremadas que en el siglo XVII- contribuyeron al mismo fin de aumentar los días feriados de tal manera, de tal suerte que algún año los laborables solo llegaron a cien días. Las carnestolendas eran celebradas con animación y bullicio extraordinario, dando ocasión a dos clases de fiestas: las cortesanas y las populares. 
En rigor, aun la vida cotidiana tenía algo de carnavalesca, ya que ambos sexos gustaban de enmascarar frecuentemente el rostro: ellas bajo el amplio velo; ellos, con el embozo de su capa, cuando no bajo un antifaz cuyo uso no sorprendía aun en tiempo ordinario. Y las festividades regias solemnizaban sé en cualquier época del año con mascaradas. Naturalmente, en Carnestolendas los disfraces eran fundamentales, sobre los de las máscaras corrientes hay pocos datos. Debían de ser sencillos, si juzgamos por estos versos de Calderón de la Barca: «Mira: un capote, un sombrero/un hacha, una mascarilla...». En las funciones de Corte las cuadrillas de enmascarados llevaban indumentaria mejor. Las fiestas carnavalescas palaciegas se celebraban en toda solemnidad u ocasión más o menos memorable, como llegada de reinas a Madrid, nacimiento de príncipes o infantes, bodas regias y otros sucesos de interés para la real familia.
Con Felipe IV desapareció el apogeo de las mascaradas. Felipe V y Fernando VI las prohibieron. Carlos III las autorizó en los teatros. De aquí pasaron después a la vía pública en los días de Carnaval. Las bromas en estas fechas daban materia entre la muchedumbre a juegos groseros y bromas pesadísimas. Sobre estos usos plebeyos trazaron cuadros llenos de animación grandes literatos de la época: costumbristas, satíricos y comediógrafos tales como Quevedo, Zabaleta, Vélez de Guevara, Calderón Alonso de Castillo publicó en el año 1627 una novela con el título Tiempo de regocijo y Carnestolendas en Madrid. Chanzas habituales en Carnaval eran poner cuerdas disimuladas en las calles de una fachada a otra para que cayesen los transeúntes, arrojar sobre éstos aguas inmundas o arrojar esportillas de ceniza. Soltar animales molestos, meter yesca o estopa encendidas en las orejas de los caballos. Colgar rabos y mazas a las mujeres, echarse damas y galanes mutuamente pelillos, polvos picantes y huevos llenos de aguas olorosas. Estas rociadas de perfumes eran usadas por la gente principal y especialmente las echaban los caballeros a las damas al pasar, bien a sus balcones, bien a sus coches. Eran las chanzas y bromas de aquellos tiempos protagonizado por nuestros antepasados. Y en esas estamos.