Unos dicen que vivimos en la egocracia sanchista, que esto es un descenso lento a los avernos de la autocracia vestida de limpio. Otros, que la ultralandia nos amenaza y hay que «resignificar» rápido el Valle de los Caídos. Otros, que nos estamos haciendo pacifistas a los lejanos acordes de Janis Joplin y regresando —qué tiempos— al «¡OTAN no, bases fuera!», como si no hubieran pasado décadas y generaciones por encima de nosotros. Pero no. Lo que nos pasa es que estamos en estado de prórroga.
Como aquella prórroga que pedíamos en los años universitarios para aplazar la patriótica llamada al servicio militar. Porque no queríamos hacer la mili, las carreras eran largas y el ardor guerrero muy corto. Eternas, generosas prórrogas. Fue cuando conocí de verdad las virtudes de las prórrogas. Están las del fútbol. Emocionantes y nerviosas. Jugadores con tirones, calambres y agotamientos que ponen a prueba la profundidad de los banquillos y la salud cardiaca de la afición, que no quiere penaltis ni en pintura. Son las prórrogas más imposibles porque tienen plazo fijo eliminatorio y guillotina o gloria. También las prórrogas de los contratos y los apremios, las de los subsidios, ayudas y moratorias. Y las de los espectáculos y exposiciones de éxito.
Benditas prórrogas. Como esta resistencia política de manual o simulación de gobierno, plasmada en las sucesivas prórrogas de los Presupuestos Generales de 2023 hasta que el cuerpo aguante y mientras la ciudadanía trague. ¿O acaso dice la Constitución que hay presupuestos o hay elecciones? ¿Y por qué no prorrogar las legislaturas? Prorroguémonos todos. Así, ahora, el rearme desarmado que nos exige Europa, junto con el kit de supervivencia de 72 horas, parece que tiene prórroga hasta la cumbre de la OTAN en junio, para entonces algunos ministros puede que se hayan olvidado de la paloma de la paz para prorrogarse en el sillón. En la jerga deportiva se habla de los 'minutos de la basura', pero, ah, queridos y bien pagados minutos, meses, años extras de la basura.
O como el tiempo extra que se ha concedido la prestigiosa editorial Anagrama, que uno tanto ha cultivado, para distribuir o no en librerías El odio, el libro ya publicado que blanquea, quiérase o no, al monstruo Bretón que asesinó y quemó a sus hijos de seis y doce años; porque su autor, un tal Luisgé, sin que supiera nada la madre de los niños, quería ser el Truman Capote nacional, y no distraerse con otras fuentes y contrastes, al margen del tipo encarcelado en Herrera. Suspensión indefinida, por respeto y prudencia ante el dolor, se justifican los editores. Un autoprórroga cobardona hasta ver si escampa, que huele, más bien, a definitiva.
Tantas prórrogas, en fin, como personajes, tipologías y circunstancias. Prorrogar, aplazar…
Qué es la vida, sino un maravilloso aplazamiento de la muerte.