Al severo y sereno moralista, al hiperbólico y satírico escritor que fue Quevedo (Madrid, 1580-Villanueva de los Infantes, 1645), lo identificaba Azorín con el paisaje y el espíritu castellano: "Austero, sereno, rígido, altivo, indomable". Francisco Ayala veía el alma tímida y pudorosa del "gran chocarrero, el cínico y satírico procaz". Para José Hierro fue un visionario porque anticipó el esperpento de Valle y el surrealismo. Y Juan Goytisolo habló de "obsesión excremental". "Dios te libre, lector", sentenció nuestro cojitranco y barroco autor, "de prólogos largos y de malos epítetos".
Hoy he escapado hasta las soledades del Campo de Montiel. Hasta Torre de Juan Abad. "Amigo, si nos desterrasen es mejor que si nos enterrasen". Allí vivió varios destierros, y durante décadas peleó pleitos y deudas que no cobraba en su señorío, fue por fin caballero de la Orden de Santiago y todavía podemos ver en la Casa-Museo de la Torre, espléndido caserón del XVII, su sillón y tintero de cerámica originales, ¿para qué más?, recado de escribir y donde aposentarse para pensar y dispensar los espadazos lúcidos de su pluma, exposiciones temporales —la actual: una selección de frases y aforismos quevedescos ilustradas con fotografías—, y documentos originales como el excepcional testamento definitivo, de unos meses antes de morir.
Precisamente a partir de esas últimas voluntades, Agustín Clemente y José María Lozano, han publicado El testamento de Francisco de Quevedo desde su vida y su obra (BAM), para adentrarse también en los avatares del escritor en esa época declinante, y no sé si delirante, de nuestra historia, que le llevaba de honores a cárceles y viceversa, acabando su esqueleto en esta tierra de hielos —dirá en sus últimas navidades— que "hacen tiritar a las mismas ascuas". Aunque antes de esas tiritonas finales, dedicaba a la Torre su citadísimo soneto, cuyo bello primer cuarteto, grabado incluso en los suelos de la misma plaza del Ayuntamiento, no me resisto a citar: "Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos".
Y qué diría este espíritu valiente, el mismo que escribiera, existencial también, que "Dos cosas no le pueden faltar al hombre: si vive, muerte; si muere sepulcro", que pidió lo enterraran en Santo Domingo de Madrid, del trasiego de sus restos entre Infantes y Madrid, hasta cuatro entierros, como relatan los autores del citado libro, sin manera de certificar hoy al cien por cien que los huesos de la cripta de los Busto de la iglesia de San Andrés, sitio del primer enterramiento, sean del escritor. Paradojas múltiples del declarado enemigo de Góngora, del autor descreído que vio en todo hombre mentira "por cualquier parte que lo examines", de quien vino a Torre de Juan Abad a soñar y a dirimir, a olvidar y a morir, desterrado de sí mismo. Y a dejar en estos solares bermejos huellas quevedescas en estado puro. "Ninguna tierra es destierro; es empero otra patria".