Me cuentan que un sujeto, pequeño empresario de chapuzas varias, se quejaba de que nunca conseguía tener una economía saneada, «nunca tengo un duro», decía, yendo siempre apurado en su contabilidad. Para argumentar sólidamente su queja solía hacer un recuento exhaustivo de sus gastos fijos, con especial hincapié en el carácter austero de su vida: «Si no como en restaurantes buenos y siempre me pido el menú, no viajo casi nada y nunca duermo en hoteles, tengo un coche utilitario barato y las putas son de las normales», decía el tío tan campante. Sí, incluyendo en su relación de gastos, como algo normalizado y habitual, una partida contable referida a las putas, pero de las normales, lo que debemos entender como alusión directa a las que se pueden encontrar en la barra de un bar cutre de carretera. No de las de lujo y elegidas por catálogo, no, que esas están para los sobrados y derrochadores y no para los ahorradores como nuestro protagonista.
Nos contaba un Notario que habiendo contratado a un pocero para que le hiciera o le arreglara un pozo en la casa de su pueblo, cuando el pocero le pasó la cuenta por su trabajo se le quejó el Notario por lo elevado de su montante, a lo que el pocero le contestó: «Hay que saber elegir los oficios». Pues eso le decimos a nuestro compungido y austero putero, que hay que saber elegir los oficios, como el oficio de político profesional progresista y redomado comprometido, ministro o diputado del partido de la koldocracia nacional, que siempre llegan sobrados a final de mes y que, aunque tampoco tienen problemas en incluir a sus putas de lujo en la contabilidad, lo bueno es que incluyen ese gasto en partidas públicas que pagamos todos con nuestros impuestos, con la ventaja adicional del soporte moral que implica saber conjugar el puterío activo con el feminismo de vanguardia, el polvo opulento con la defensa a ultranza de las mujeres y la prohibición de la prostitución. O eres Ábalos, Koldo o Tito Berni y compañía, o eres un pringado de campeonato, aunque compartas el perfil de putero clásico.
El discurso habitual de todos estos, cuando ya no están con las pilinguis y han retornado a la asamblea del partido, a las ruedas de prensa en el Parlamento o a la paz del hogar junto a sus esposas, vendría a ser algo así como que «la prostitución es la prueba más evidente de la estrecha conexión que existe entre el patriarcado neomachista y el capitalismo neoliberal», lo que nos refuerza en el convencimiento de dos ideas; la primera, que, contrariamente a lo que dicen estos hipócritas, lo más conveniente sería una regulación que contemple la defensa de los derechos de las prostitutas, la normalización de su trabajo, la protección, la asistencia formativa, sanitaria, jurídica y psicológica. La segunda, que lo más adecuado es que cada uno pague sus polvos a escote.