España tiene un serio problema con la falta de entusiasmo de los trabajadores españoles con los llamados sindicatos mayoritarios. Es un serio problema porque la explotación y la precariedad continua pero los sindicatos parecen estar a por uvas. Hace unos días el líder de la UGT, Pepe Álvarez, reconocía que la última convocatoria, las movilizaciones contra no se sabe muy qué que se convocaron cuando no se sabía si el PP iba a apoyar la revalorización de las pensiones, habían sido un 'gatillazo'. Menos de quinientas personas en la Puerta del Sol y unos cientos más en otras grandes ciudades españoles. Lo que está ocurriendo con el poder de convocatoria de las centrales sindicales lo vemos también en los últimos uno de Mayo.
Lo cierto es que está situación tan lamentable está siendo aprovechada por los que les gustaría que no hubiera ningún tipo de representación sindical, ni buena ni mala ni regular, para cargar las tintas sobre las deficiencias sindicales cogiendo la parte por el todo y despotricando contra todo lo que huela a lucha por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores que claro que siguen necesitando una buena y bien articulada defensa, al igual que los autónomos y los pequeños empresarios, que también son trabajadores. De entrada todos necesitan una buena defensa frente a depredadores gubernamentales, con cargas impositivas abusivas, bancarios, con prácticas usureras a tutiplén, y frente a las multinacionales, que sí saben escaquearse de los abusos de unos y otros.
Pero entre gatillazo y gatillazo la casa sigue sin barrer y las grandes conquistas se basan hoy en aumentar unos puntitos el salario mínimo interprofesional y en reducir media hora la jornada laboral, y no es que esto sea rechazable, pero resulta ridículo presentarlo como un gran logro a escala planetaria cuando lo cierto, la realidad nuestra de cada día, es que el pluriempleo es el peaje obligado para un gran número de españoles; peaje obligado porque de no ser así no hay forma de ingresar lo necesario para vivir, mucho más para sacar adelante una familia o pagar una vivienda. De manera que lo de la reducción de la jornada laboral suena en muchos casos a chiste si no fuera porque le sirve a Yolanda Díaz para su relato grandilocuente y fantasioso sobre la auténtica realidad de los trabajadores españoles.
Es verdad que los sindicatos con más fuerza en Europa Occidental siempre han orbitado en mayor o menor medida en torno a los partidos de izquierda. En España, UGT es un sindicato hermanado con el PSOE y CCOO giró en torno del PCE o después de IU, pero nunca como ahora los sindicatos mayoritarios habían hecho frente común con un gobierno hasta el punto de convertirse en una especie de decorado amable para la llamada 'coalición progresista', también en su componente independentista, por supuesto. Si lo de orbitar en torno a los partidos de izquierda es habitual, lo de defender postulados independentistas sí que es algo muy propio de nuestro país y que causa estupor fuera de nuestras fronteras, es decir, el furor y la prontitud con la que los sindicatos mayoritarios españoles despliegan velas para favorecer desde sus embarcaciones los argumentarios indepes, insolidarios desde su raíz, racistas más o menos indisimulados, tributarios en gran medida de los relatos ya añejos de las burguesías catalanas y vascas. Al final los que pagan el pato de tal descoloque y desenfoque tan colosal son los trabajadores españoles, también en Cataluña y el País Vasco, que se sienten ajenos a estas extrañas cuitas sindicales diseñadas desde las cúpulas de la burocracia sindical mucho más que desde el píe de obra.
Últimamente al desbarajuste institucional se une el desbarajuste sindical, tan grave el uno como el otro. Con el primero nos sometemos a la arbitrariedad, al capricho y al "lo mismo da ocho que ochenta"; con el desnortamiento de los sindicatos y su descredito (la mayoría de los jóvenes no saben ni lo que es un convenio colectivo) gana el populismo y pierden los trabajadores (aquí meto también a autónomos y pequeños empresarios) cada vez más expuestos a depredadores de diferente pelaje que pueblan de forma creciente el ecosistema inestable de las personas que en general dedican el ochenta por ciento de su energía vital a trabajar, pagar impuestos al alza y acaso devolver algún crédito con intereses abusivos.