José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Plaza y toreo

30/04/2024

Le preguntaba cada mañana el extorero Juncal/Paco Rabal a la Maestranza: «¿Cómo has pasado la noche, bonita?» (volvía la gran serie televisiva de la tauromaquia a la memoria por la muerte del cineasta Armiñán). ¿Cómo has pasado estos cinco años de obras de restauración y sin toros, plaza de mi ciudad? Se lo preguntábamos la otra mañana —acertada idea de puertas abiertas—, en medio de un silencio dorado de albero y almagre, de contenida emoción por pisar palcos y corraletas, enmaromados chiqueros, barreras y burladeros tan recién pintados, accesos que respiran, galerías que evocan algún coliseo romano con la piedra y un ladrillo negro donde antes eran blancos paramentos. Me acordaba cuando mi parroquia de Santiago descubrió su belleza pétrea del interior, piedras labradas como las utilizadas en estas viejas gradas, procedentes de un antiguo convento, en las que nos seguiremos sentando —estrechos, apretados— como sacrificados ascetas monacales.
Religión laica del toreo. Cómo me hubiera gustado visitar la plaza restaurada con Manolo Hervás al lado, que se nos fue hace casi cinco años ya. Su mejor y más profundo conocedor, como demostró en el libro Ciudad Real, historial taurino, que le editamos en 2013; acudan a este volumen para ahondar en nuestra plaza y en su largo correr desde que se inaugurara en 1843, para dar los festejos que desde mediados del siglo XVI se celebraban en la plaza Mayor. Ahora hermoseada y recobrada su belleza, en ese silencioso vacío que días después será nervioso bullicio, me brotan fáciles las fotografías, como las que uno hizo entonces para ese y otros libros táuricos, comparando después lo que ha cambiado, aunque a algún aficionado le cantaran algo los metálicos canalones que bajan del nuevo tejado, la franja de pintura gris que horizontaliza la mirada en el pasillo entre los dos tendidos o las irregulares huecos de la nueva numeración rotulada sobre la piedra, al reducirse el aforo.
Es el espacio litúrgico/sacrificial donde, como escribía Pepe Bergamín, se produce, durante la corrida, la «única emoción humana verdadera, la estética». Ahí vendría a resumirse el rito trágico y el mito de la muerte. Único lugar, decía el filósofo francés Francis Wolf, donde el héroe —aunque no siempre— engaña a la muerte/el toro sin mentirle.
Héroes contemporáneos de luces como los retratados por Herrera Piña, el fotorreportero taurino por excelencia, en la veintena de fotos expuestas en la que fue su plaza. Héroes sin laureles como El Niño del Tentadero, según relato de Julio César Sánchez en el libro Las fatigas de un maletilla, presentado en la misma puerta grande la víspera de que tres héroes del actual escalafón rompieran el paseíllo, este domingo, en la remozada y municipalizada plaza capitalina (de 1953 a 2016 fue la Diputación su propietaria): el arte único de Morante en su mejor actuación aquí, la clase de De Justo y la frialdad vertical de Roca Rey. Volvió el toreo.